DISCURSO DEL DR. JUAN J. PAZ Y MIÑO CEPEDA, CRONISTA DE LA CIUDAD DE QUITO Y MIEMBRO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA EN LA CEREMONIA DE INVESTIDURA DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA OTORGADO AL LCDO. LENÍN MORENO GARCÉS, VICEPRESIDENTE CONSTITUCIONAL DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR

Este es un acto de reconocimiento académico a una persona: LENÍN VOLTAIRE MORENO GARCÉS, Vicepresidente Constitucional de la República del Ecuador. Parecería que solo es oportuno para exaltar los logros de quien, ocupando una función clave para la vida del país, ha realizado una labor social de enorme trascendencia y que nunca antes se hizo en nuestra historia.

Volveré sobre este punto.

Pero creo que ésta es también una oportunidad para ubicar a la persona y a sus logros en el ámbito precisamente de lo que es la historia ecuatoriana.

Por consiguiente, permítaseme hacer alguna comparación.

El 9 de julio de 1925, encabezado por la oficialidad joven vinculada a la Liga Militar, se produjo un golpe de Estado conocido como Revolución Juliana, que concluyó con el gobierno de Gonzalo S. Córdova (1924-1925) y entregó el poder a una junta de civiles de siete miembros, entre los que sobresalió el empresario quiteño Luis Napoleón Dillon.

Esa primera Junta, en apenas seis meses, transformó al Ecuador. No solo que impuso el interés nacional sobre la corrupta banca privada de la época a la que fiscalizó y sancionó, sino que también, por primera vez en la historia ecuatoriana, otorgó al Estado un papel fundamental en la regulación de la economía, hasta entonces manejada bajo los criterios de una absoluta libertad de mercado, que tan beneficiosa fuera para la clase terrateniente serrana y también para los poderosos agroexportadores cacaoteros de Guayaquil y la incipiente burguesía aliada con ellos.

Pero hay algo más. La primera Junta juliana, también por primera vez en la historia del país, consolidó al papel del Estado para la atención de los sectores populares y de trabajadores. Ella dictó una serie de leyes sobre salarios mínimos, sindicalización, jornada de trabajo, huelga, etc.; creó el Ministerio de Bienestar Social y Trabajo, la Caja de Pensiones, antecesora remota del actual Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), las Direcciones Provinciales de Salud; impulsó reformas educativas y hasta introdujo el criterio de redistribución de la riqueza y de función social de la propiedad, creando, entre otros, el impuesto sobre las rentas, del cual fueron excluidos los trabajadores asalariados, y también un impuesto sobre las rentas del capital, es decir, las utilidades, que nunca más se ha repetido en nuestra historia.

Ustedes pueden entender que semejantes políticas y medidas destaparon las resistencias de los grupos del poder tradicional. Ante todo de los banqueros, que consideraron a los julianos como enemigos del capital. Sin duda la de los grupos oligárquicos que atacaron a la Junta como “comunista” y “estatista”. Y, desde luego, de los “gran cacao” regionalistas guayaquileños que crearon guardias cívicas para defender la propiedad privada que creían amenazada, que atacaron argumentando que el oro de la Costa querían llevarse los serranos y que consideraron a Luis Napoleón Dillon como enemigo de Guayaquil.

Así eran las cosas por entonces.

La reacción tanto regionalista como oligárquica sembró debilidades y dudas, ocasionando que los propios militares julianos decidieran el forzoso recambio. En enero de 1926 la primera Junta fue reemplazada por otra, que apenas duró tres meses y que estancó las reformas.

Pero el fracaso de esa segunda Junta condujo a que los militares julianos decidieran un nuevo recambio y el 1º. de abril de 1926 designaron como Presidente al médico quiteño Isidro Ayora, quien, habiéndose iniciado, en definitiva, como un presidente-dictador, fue reconocido por el Congreso de 1929 como Presidente Constitucional, hasta que en 1931 otra revuelta militar le separó del poder.

Visto en perspectiva histórica, Isidro Ayora fue, después de Dillon, el verdadero gestor y realizador de los ideales julianos.

Con el concurso de la misión norteamericana presidida por Edwin W. Kemmerer, logró establecerse el Banco Central del Ecuador, antes tan resistido. Pero, además, fueron creadas la Contraloría General de la Nación, la Superintendencia de Bancos, la Dirección de Aduanas, fueron reforzadas las instituciones pre existentes, como el Ministerio de Bienestar y la Caja de Pensiones; y el Congreso de 1929 expidió una nueva Constitución, que debe considerarse como la que inauguró el verdadero siglo XX ecuatoriano (el siglo XX “histórico”, no el cronológico), pues ella introdujo los principios sociales que ninguna otra Constitución anterior tuvo (incluidas las liberales de 1897 y 1906), inauguró los derechos laborales que más tarde serían consagrados por el Código del Trabajo de 1938, institucionalizó la función social de la propiedad e incluso cierto concepto de reforma agraria a favor de sectores campesinos e indígenas.

Pero hay un asunto que merece atención particular.

Isidro Ayora Cueva (1879-1978) era un médico reconocido y de amplio prestigio a la época de la Revolución Juliana. Becado por Eloy Alfaro, había podido viajar a Europa y realizar en la Universidad de Berlín (Alemania) sus estudios con la especialidad de Ginecología y Obstetricia. Cuando regresó el Ecuador en 1909, pasó a ser profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Central y, además, organizó y dirigió la Maternidad. En 1916 llegó a ser diputado por la provincia de Loja. Al año siguiente fue elegido Decano de la Facultad de Medicina y en 1918 fundó la Escuela de Enfermeras. El mismo año integró el Municipio de Quito como Concejal y años más tarde ocupó la Presidencia del Concejo Municipal. También se desempeñó como Presidente de la Cruz Roja Ecuatoriana, fundó la primera Casa Cuna de Quito, dirigió el Hospital San Juan y llegó al rectorado de la Universidad Central, cargo que ocupaba cuando fue llamado a integrar la Segunda Junta de Gobierno Provisional, para pasar luego a ejercer como Presidente Provisional.

De manera que correspondió al gobierno de Isidro Ayora añadir un marco nuevo al papel social e institucionalista del Estado en la atención a las clases trabajadoras, concretado en su preocupación por la salud y la salubridad en el país. Es comprensible esta proyección en manos de un médico que conocía bien las realidades e insuficiencias del Ecuador en la rama de su especialidad.

Como bien señala el médico e historiador Plutarco Naranjo, uno de los primeros esfuerzos del presidente Isidro Ayora consistió en estructurar, en escala nacional, la Sanidad a través del Consejo Nacional y las Direcciones Provinciales. Se estableció la obligatoriedad de la declaratoria de enfermedades infecto-contagiosas. Fue reorganizada la Facultad de Medicina de la Universidad Central y a ella ingresaron nuevos profesores. Aparecieron varias revistas médicas. Se extendió la atención médica militar y policial. Fueron dictadas disposiciones para proteger la maternidad. Igualmente sobre la potabilización del agua en Quito, que luego se extendió a otras ciudades. Una serie de acciones para combatir pestes y enfermedades: servicios higiénicos en los barrios, etc.

Ayora suscribió la Carta de la Convención Sanitaria Internacional de París, adhirió al Instituto Internacional de Protección a la Infancia. Por gestiones del gobierno la Oficina Sanitaria Panamericana, con sede en Washington, ofreció otorgar becas a varios profesionales ecuatorianos. En 1930 el Ecuador se adhirió a la Convención que aprobó el Código Sanitario Panamericano y al año siguiente a la Convención Internacional sobre Drogas Narcóticas. En 1931 se publica la Primera Estadística Nacional de Mortalidad con las siguientes cifras: enfermedades infecciosas y parasitarias 15.310 (31% del total), aparato respiratorio 7.171 (15%), aparato digestivo y anexos 6.434 (13%), causas de muertes mal definidas 8.499 (17%), otras 10.735 (24%): suman 48.149. Número de nacimientos, 102.802; mortalidad infantil 14.086 (es decir, 137 por 1.000 nacidos vivos).

Cabe señalar, adicionalmente, que el mayor esfuerzo del gobierno se dirigió a Guayaquil, empleándose grandes inversiones presupuestarias a la canalización, alcantarillado y pavimentación de la ciudad. Gracias a todo ello, Guayaquil fue declarada PUERTO LIMPIO CLASE A, lo cual significaba que en él ya no había brotes de: fiebre amarilla, bubónica, tifoidea y otras enfermedades transmisibles.

Es falso, por consiguiente, que la Revolución Juliana y el gobierno de Isidro Ayora hayan sido “estatistas”, “comunistas” y peor aún enemigos de Guayaquil.

Nos llaman la atención los paralelismos en la historia.

Porque no debemos olvidar nuestra historia reciente, nuestra historia inmediata.

Cuando en 1979 se inició la fase constitucional más larga que ha tenido la vida republicana del Ecuador, confiábamos que se iniciaría, al mismo tiempo, un período de cambios para el beneficio social.

Nunca nos imaginamos que desde mediados de la década de los ochenta y hasta 2006 el país viera como, por los cambios internacionales y los intereses de poderosas elites económicas internas, seguidas por una irresponsable clase política nacional, se fue construyendo un modelo empresarial de desarrollo que confiaba en el mercado libre y el retiro del Estado, como panaceas para atender los problemas sociales nacionales.

El resultado de ese proceso fue que durante cerca de tres décadas no solo creció el desempleo, que en promedio resultó del 10% de la población activa, creció el subempleo, que alcanzó en promedio el 60%, explosionó la emigración de ecuatorianos y ecuatorianas al exterior y particularmente a España, sino que, además, para atender el pago de la deuda externa y satisfacer los criterios de los politizados dirigentes de las cámaras de la producción de entonces en demanda de los recursos estatales y de decisiones favorables a sus intereses, precisamente los sucesivos gobiernos recortaron el gasto social, hicieron colapsar la atención pública, deterioraron al IESS y la seguridad social, precarizaron y flexibilizaron el trabajo, descuidaron toda obra pública, privatizaron empresas y hasta el petróleo, que durante la década de los setentas fue manejado en el 80% por el Estado, pasó a ser manejado por ese mismo Estado en tan solo el 20% de su actividad.

Ecuador pasó a ser uno de los primeros países más inequitativos del mundo.

Y llegamos a tal punto de crisis, que en tan solo una década, esto es entre 1996 y 2006 tuvimos siete gobiernos, hubo una dictadura nocturna, y los únicos tres presidentes surgidos de votaciones populares, esto es Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez, fueron derrocados por impresionantes movilizaciones ciudadanas, que además lanzaron, entre sus gritos de combate, aquel “¡Que se vayan todos!”, que resumió el hartazgo nacional con la clase política del país.

Todo esto a veces parece olvidarse en Ecuador.

El contraste vino en 2007, con el ascenso presidencial de Rafael Correa Delgado.

Desde entonces cambió el modelo económico, la orientación del Estado ya no respondió a los intereses de las elites empresariales y oligárquicas, la política se transformó en acción ciudadana ante la crisis de los partidos tradicionales y se recobraron términos como soberanía, nuevo constitucionalismo, buen vivir, nacionalismo, economía social y solidaria, etc., que han marcado la diferencia con aquel pasado de casi tres décadas, e iniciaron un nuevo ciclo histórico para Ecuador.

La falta de objetividad, la carencia de sensibilidad, la ceguera ante los cambios y el simple odio político se levantan para negar las evidencias empíricas e históricas.

Porque, si se mira con la misma perspectiva que da la comprensión de los procesos en la historia, ahora se comprenderá que el gobierno de Rafael Correa es, en mucho, un heredero de los principios de la Revolución Juliana de 1925, que incrustó a Ecuador en una nueva era.

Hay ciertas líneas de continuidad, como la necesidad de reinstitucionalizar al Estado, fortalecer las funciones públicas y otorgar prioridad a las políticas sociales contra la terrible reacción levantada por las elites del poder económico y los partidos políticos tradicionales.

Igual que en aquel pasado, había que superar la hegemonía de los intereses privados frente a los intereses nacionales. Solo que mientras en 1925 la acción impulsadora tuvo que provenir de la oficialidad joven del Ejército, en el Ecuador de la actualidad el impulso revolucionario provino de los ciudadanos, que en ocho sucesivas convocatorias a las urnas, ratificó un proyecto económico y político distinto al del pasado inmediato.

Y la Revolución Ciudadana ha destapado las viejas resistencias.

Si no se comprende ese proceso de cambios de la realidad pasada por el advenimiento de un nuevo ciclo en la historia ecuatoriana desde 2007, tampoco se podrá comprender, entonces, que la labor de LENÍN MORENO precisamente se incrusta en esas nuevas condiciones.

Como Vicepresidente de la República ha actuado con firme lealtad al gobierno y al presidente Rafael Correa. Se abanderó, desde el tiempo de la campaña a primera vuelta, el año 2006, de las tesis de la Revolución Ciudadana en la que ha creído y a la cual ha servido.

Pero no solo eso. Una situación desastrosa para su integridad física se convertiría, para el ejercicio como Segundo Mandatario de la Nación, en una fuente de acción social inédita en nuestra propia historia.

En efecto, Lenín Moreno quedó discapacitado años atrás, cuando en el asalto del que fue víctima fue, además, gravemente herido. A consecuencia de ello perdió la movilidad de sus piernas, lo que le ha obligado a mantenerse en silla de ruedas.

Logró superar esos dramáticos momentos, esas angustias y seguramente esos sufrimientos personales, a fuerza de aceptar su condición como inevitable y apostar por la vida, que es, finalmente, la razón que cada ser humano tiene para emplearse a fondo en la causa de vivirla a plenitud y dignidad. Lenín supo convertir el humor y el buen espíritu en mecanismo de acción social.

La condición de su incapacidad es la que ha movido que el gobierno de la Revolución Ciudadana cuente con unas políticas que nunca antes existieron.

Como había ocurrido a los julianos con la proyección renovadora que en materia médica impulsó para beneficio del país el entonces Mandatario Isidro Ayora, hoy, en nuestro presente, es Lenín Moreno el impulsador de ese espacio de acción gubernamental que ha significado la atención a los discapacitados del Ecuador, hasta hace poco disminuidos y casi nada visibles a las políticas públicas.

¿Por qué antes no se hizo algo igual? Por esas ironías que tiene la historia, como diría Hegel, ha sido preciso que Lenín Moreno, afectado por esa incapacidad que le postró a una silla de ruedas, llegue al poder del Estado, para que él mismo se convierta en ese instrumento de atención para los discapacitados del país. No habría sido posible de otro modo. Porque es Lenín quien podía entender mejor que nadie lo que ocurre con esos compatriotas igualmente relegados y poco visibles para el común de los connacionales.

En un país en el cual son los grupos de poder los que han querido convencernos que el Estado es un enemigo, mal administrador, corrupto e ineficaz, la ciudadanía tiene que acostumbrarse a ver que los intentos por hacer cambios sociales duraderos, como los que introdujo la Revolución Juliana hace ochenta y seis años, pasan precisamente por la intervención estatal, porque de otro modo no vendrían. Esa es una experiencia histórica ampliamente demostrable.

De manera que en la actualidad, cuando a través del Estado se ha provocado un cambio total en la inversión pública, porque aumentó como en ninguna otra época el gasto social dirigido a educación, salud, servicios ciudadanos y vivienda, las críticas sobre el supuestamente excesivo gasto estatal nuevamente proviene de aquellos que durante las décadas pasadas usufructuaron de los fondos públicos para las buenas rentas, contratos y negocios, pero no para el bienestar social, que cayó irremediablemente.

Y en ese giro radical que se ha experimentado en Ecuador desde 2007, correspondió a Lenín Moreno, como Vicepresidente, formular y dirigir la política de atención estatal a la población discapacitada del país.

No hay duda que primero había que cuantificar las discapacidades y, al mismo tiempo, clasificarlas. Pero lo más importante era crear las políticas e instrumentos para atender a la población encontrada, que las antiguas estadísticas se habían limitado simplemente a proyectarla sobre supuestos y sin bases reales.

Lenín se empeñó en cuatro proyectos centrales:

– Estudio Biopsicosocial de las Personas con Discapacidad Misión Solidaria Manuela Espejo

– Sistema Nacional de Acogida – Misión Joaquín Gallegos Lara

– Ecuador Alegre y Solidario – Sonríe Ecuador

– Sistema de Inclusión Laboral para Personas con Discapacidad

Los programas involucraron a varios ministerios. Y el que destaca porque sirvió de base es el que finalmente se llamó Misión Solidaria “Manuela Espejo”, que también incluyó la participación de médicos cubanos, en virtud de un convenio con el Ministerio de Salud del Gobierno de Cuba. Se inició con un proyecto piloto en la provincia de Cotopaxi, que adaptó y validó la metodología cubana al Ecuador. Después se extendió a otras provincias.

Faltaría espacio para detallar el éxito del programa, que hasta noviembre de 2010 visitó un total de 1.286.331 hogares, que representa el 42% de los hogares ecuatorianos. Y se lo hizo bajo la idea de llegar, en el sitio, al 100% de los discapacitados.

Un esfuerzo semejante no se vio antes en el país. Nos recuerda, a modo de comparación, el que realizó la Unión Nacional de Periodistas (UNP) en 1944, que desarrolló, por propia iniciativa, la primera Campaña Nacional de Alfabetización, de la mano de destacados periodistas, que por entonces sí tenían sentido de lo que era jugarse por los más necesitados, para cumplir con los ideales de libertad, a sabiendas de que solo la educación vuelve libres a los seres humanos. ¡Qué periodistas aquellos! ¡Qué ejemplos para el presente!

Nunca, pues, en la historia ecuatoriana anterior se cumplió con una política destinada a pobladores incapacitados, que todo el país vio que existían particularmente en las regiones rurales más apartadas. Habría que tratar de entender la emoción de aquellas personas atendidas en su salud. Habría que sentir, en cada lágrima, a las niñas y niños, a las mujeres y hombres, a las ancianas y ancianos de los confines del Ecuador, que por primera vez sintieron que alguien llegaba para al menos cubrir su dolencia con una silla de ruedas, con las muletas o las medicinas adecuadas.

Y ese esfuerzo de solidaridad y de sensibilidad humana, en lugar de dignificar a todos, levantó los ánimos de aquellos que estaban más preocupados por la presencia de médicos cubanos y del posible “comunismo” que supuestamente llegaba en cada maletín. Ecuador tiene una deuda con esos abnegados hermanos, que se pusieron junto a los médicos ecuatorianos para llevar alivio a tanta discapacidad descubierta. Es un motivo de orgullo. Y motivo para que el país solo tenga palabras de agradecimiento para los médicos y médicas cubanos y ecuatorianos que tanto bien han hecho en nuestra patria.

Al recibir un título de Doctor por Causa de Honor, El Vicepresidente Lenín Moreno no solo queda destacado por ese impulso extraordinario que ha sabido dar para que un amplio sector de ecuatorianas y ecuatorianos sea efectivamente atendido con dignidad, valorando su condición de seres humanos por sobre las limitaciones físicas o intelectuales que médicamente fueron detectadas. En Lenín se concreta un reconocimiento al gobierno nacional en los programas antes citados y a las decenas de personas que con fe y altruismo se comprometieron a llevarlos adelante y hasta hoy los han cumplido.

La labor de Lenín Moreno es ahora ejemplo para Latinoamérica y varios países solicitan la asesoría adecuada para iniciar en sus territorios unos programas de atención semejantes a los de nuestro país.

El Doctorado Honoris Causa es, en consecuencia, un motivo de honor para Ecuador, que ahora puede dar luces a otras naciones.

Pero el Doctorado Honoris Causa para Lenín Moreno también es, para la Universidad Técnica del Norte, una forma en que la academia reconoce a la persona sensible, que comprendió, quizás sin proponérselo en la dimensión que hoy miramos, el papel específico que le tocaba vivir en la historia contemporánea del Ecuador y que dio continuidad, también histórica, a los esfuerzos que nacieron en la época juliana y que solo en forma demasiado saltada trataron de seguirse en el país.

Las ecuatorianas y los ecuatorianos de espíritu solidario y amor humano, expresamos a Lenín Moreno Garcés, Vicepresidente de la República, una ardiente felicitación por el Doctorado Honoris Causa que ahora recibe por parte de la Universidad Técnica del Norte, en Ibarra, porque su labor verdaderamente se constituye en un ejemplo digno de premiar y, sobre todo, digno de seguir.

Con este motivo, quiero expresar, de manera particular, el profundo honor con el que me he sentido destacado al haber sido escogido para sustentar esta Laudatio en homenaje al amigo, al compañero de ideales y al Vicepresidente de nuestro país, distinguido Doctor Lenín Moreno Garcés.