Posesión Presidencia CEDDIS/OEA
Cuando leí que la OEA declaraba al período del 2006-2016 como el Decenio de las Américas: por los Derechos y la Dignidad de las personas con discapacidad, celebré – como no podía ser de otra manera -y aplaudí la decisión.
Lejos estaba de imaginar, que poco después sería vicepresidente del Ecuador y por ello iba a tener a mi cargo el cumplimiento de los planes de acción que se trazaron así como la creación de la Misión Manuela Espejo, destinada a registrar y atender a todas las personas con discapacidad en Ecuador. Y, mucho menos, que 6 años después iba a presidir el Comité para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra las personas con Discapacidad.
Asumo esta designación con agradecimiento, ante todo, pero con el compromiso de continuar con los importantes e impostergables objetivos que se trazaron.
El lema del decenio mencionado: Igualdad, Dignidad y Participación es una trilogía a la que, en Ecuador, hemos cobijado con la Solidaridad.
Muchos de ustedes conocen la política hacia las discapacidades desarrollada en mi país; varias naciones hermanas aquí representadas están estudiando el modelo Manuela Espejo, enriqueciéndole con su experiencia.
Es el caso, precisamente, de Perú, que ha hecho hincapié en asegurar empleo y accesibilidad. Así, se ha generado una cadena de postas en donde cada país entrega al que viene, con enorme generosidad, el mejoramiento de esas políticas. Entre todos estamos logrando un proceso, ahora imparable, por alcanzar la misma meta: la inclusión plena de las personas con discapacidad en todos los aspectos de la sociedad, así como la total restitución de sus derechos.
Cuando iniciamos esa gestión, llamamos –les decía- a despertar en cada corazón ecuatoriano el sentimiento más bello que tiene todo ser humano, que es el de la Solidaridad.
Y lo logramos. No porque nuestra campaña fuera buena, sino porque nuestros compatriotas lo son.
Ahora que vamos de país en país, contando cómo ha sido esto de la Revolución de las Discapacidades, comprobamos –una vez más- que hay temas que no admiten fronteras.
La discriminación racial, la inequidad de género, la violencia intrafamiliar, entre otras, son realidades que compartimos. Una de ellos es la injusta situación de las personas con discapacidad.
Y si la realidad es similar, la solución también lo es.
Por eso es que nosotros hablamos de la patria grande en donde todo el que habita en cualquiera de las américas, es nuestro compatriota.
Y ustedes concordarán conmigo en que, una vez encendida la llama de la solidaridad, ésta ha permeado todos los estratos, escollos y geografías.
Siempre hemos firmado convenios migratorios, acuerdos comerciales, tratados de protección de inversiones, energéticos o petroleros. Pero nunca habíamos acordado recordar, como gobiernos, a “los olvidados de entre los olvidados”.
Hoy, quiero rendir tributo a la solidaridad intergubernamental: Cuba estuvo en los inicios de Manuela Espejo, conformó las brigadas e hizo los estudios genéticos. Venezuela apoyó más tarde con todos los aspectos informáticos y luego con una ingente donación de ayudas técnicas. Posteriormente, en diciembre de 2010, los vicepresidentes de América Latina firmamos la Declaración de Quito, que establece, como prioridad de cada gobierno, la atención a los marginados de siempre.
He leído con detenimiento el Plan de Acción propuesto para la década, así como las observaciones e informes subsecuentes de cada país. Palabras más, palabras menos, todos los aquí presentes podríamos suscribirlos, independientemente de nuestra bandera y acento.
Esta es una de nuestras primeras fortalezas como Comité: conocemos la situación, sabemos cómo encararla y contamos con la solidaridad de todos.
Permítanme pedirles que acordemos principios básicos para nuestro futuro quehacer:
– La discapacidad no es un problema para los gobiernos, sino una circunstancia. Una circunstancia que no admite más demoras. (El Presidente Correa tuvo el acierto de declarar a las discapacidades en emergencia. Esto eliminó las barreras burocráticas, agilitando todos los procesos).
– La discapacidad no es incapacidad, es diversidad. Esa diversidad geográfica, cultural, histórica que tienen nuestros países, lo es también en el tema de las capacidades. Si reconocemos que en la diversidad hay una riqueza insospechada, la inclusión empieza a verse como posible y necesaria.
– Una justa legislación hacia las personas con discapacidad es apremiante pero siempre bajo la noción de restitución de derechos y nunca como asistencia social o política de salud pública exclusivamente.
– La inclusión no es inserción sino integración plena. Debe abarcar no sólo lo laboral y educativo, sino también lo social, cultural y artístico. (No se trata del acceso de las personas con discapacidad a los eventos y al disfrute, sino de que expresen esa “otra estética” de la que son poseedores y generadores.)
Por ello, entendemos que no sólo debemos propender a la educación inclusiva, sino que hay que educar a la sociedad para la inclusión, entendiendo que debemos trabajar y pensar sobre la base de las similitudes y no de las diferencias.
– Las personas con discapacidad no están aisladas. Pertenecen a un entorno e impactan en él. Toda política hacia las discapacidades debe tomar en cuenta a la familia de la persona con discapacidad. (Este es un tema que ha impactado seriamente en las políticas sociales de gobierno pues genera una espiral ascendente de mejoramiento de la calidad de vida de comunidades enteras.)
– Cualquier política nacional o continental hacia las discapacidades quedaría trunca o insostenible si no emprende, ya, en temas de prevención y rehabilitación, atendiendo la especifidad de cada discapacidad. (Entendiéndose que las ayudas técnicas, que son lo imperioso, ya están siendo entregadas)
Como ustedes podrán colegir, amigas y amigos, no es nada que no lo hayan hecho ya. Todo lo contrario: son acuerdos a los que hemos llegado luego de los cálidos diálogos intracontinentales que hemos mantenido con la mayoría de ustedes.
Sucederte mi querida amiga Vanda, no será nada fácil. Tu gestión ha sido ejemplar.
Lo que sí puedo prometerte es que mantendremos tu misma entrega a la causa de construir una sociedad más digna y equitativa.
Por eso,
Cuando presenté mi Informe a la Nación el año pasado, no pude dejar de aclarar algo que quiero compartir con ustedes:
Hay quienes dicen que con estas políticas, las personas con discapacidad han recuperado la dignidad. Nada más absurdo y ridículo. Ellas se mantuvieron estoicas, esperando que una sociedad criminal se percatara de que existen y de que son sus hermanas y coterráneas.
Es nuestra sociedad pacata la que recuperó su dignidad, perdida tras siglos de miseria humana, discriminación y olvido.
Aunque el encargo que me han hecho es por dos años, como países nos quedan 4 años para cumplir con el programa de acción del Decenio de las Personas con Discapacidad de las Américas. Se ha hecho mucho, pero falta demasiado por hacer.
Por eso, y porque el tiempo apremia, quiero ser enfático en pedirles que, como Comité, exijamos -en cada país- políticas públicas claras y emergentes, respecto de las discapacidades. El primer paso es que los 34 países que conforman la OEA, ratifiquen la Convención Interamericana para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad. Hasta ahora, sólo lo hemos hecho 18 de nosotros. Mientras ese instrumento no tenga el suficiente número de ratificaciones que lo hagan vinculante para los procesos de justicia y equidad, estamos –lo digo sin exageración- sembrando en el viento.
Manos a la obra colegas. Las personas con discapacidad ya han esperado mucho. No tenemos tiempo que perder. Que en el 2016 podamos afirmar que no queda en todo el continente ni una persona con discapacidad sin atender.
Muchas, muchas gracias